Unos versos

Las lágrimas rodaron por oxidados raíles
y la luz eludía lo profundo del pozo.
Días largos robaban horas a la oscuridad,
mutiladas noches con el horizonte roto
destilaron secretos sudores juveniles.

Los retazos de cuero henchidos de soberbia
se escurrieron entre los pétalos de los libros
desmembrando las serpientes de tinta oscura
y los insectos curiosearon sobre el misterio
del éxtasis y la ausencia de gracia divina.

Desgarraron los campos, encauzaron los mares,
de inocencia se emborracharon y fornicaron;
encendieron el cielo para verlo oscurecer
y sólo vieron espaldas al darse la mano
y al darse la espalda sólo vieron manos arder.

Aferrados a sus miradas como a narcóticos
vapores exánimes de un pútrido corazón
que se encoje, odiándose, oscureciéndose,
conscientes de su apetito desviado, y con razón
para apurar, de sus copas, desagües tórridos.

Trepadores sin sombra, mancilladores sin voz,
ninguno sucumbió a noches color rosa
hasta que todo el carmín hubo oscurecido
maquillando a la luna como a una puta zorra
y ya entonces ninguno vio de nuevo el sol.

Ninguno de los nacidos un día mortales,
que al nacer lloraron, berrearon y se asustaron,
lamentará la llegada del fin de los días
estarán muertos, muertos, muertos y olvidados
y sólo quedará una risa improbable.

Poéticas entrañas, lírica intimidad,
desfilan ruidosas a la vista de curiosos
en mudo silencio en la potencia de noches,
chorreantes y puras, con harapos grandiosos,
con los pies descalzos y ebrias de dignidad.

Comments (3) left to “Unos versos”

  1. teresa barredo, me dicen wrote:

    guot? tuyo?

  2. Mikel wrote:

    Tuyo?

  3. inigoalonso wrote:

    Mio?
    No, hombre (y mujer), no, por dios. Se trata de un manuscrito de autor anónimo que encontré en el cajón de una cómoda antigua en una casa abandonada en en un pueblo fantasma de la meseta. Junto a este y otros legajos de insólita caligrafía se encontraban una bolsa de semillas de rododendro y un curioso y a pesar del tiempo afilado abrecartas con motivos orientales. Ninguna de las hojas, escritas por las dos caras en papel de estraza, estaban fechadas y la tinta, otrora de un intenso azabache, tenía una palidez que la delataba como añeja. Mas en mi afán de popularidad, fama y fortuna, he decidido que, que carajo, si el que lo escribió no lo firmó, ¿porqué no publicarlo yo?

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